martes

La vida secreta de Lili Marleen

Lili Marleen
Alemania - 1980
Dirigida por Rainer Werner Fassbinder
Con Hanna Schygulla, Giancarlo Giannini, Mel Ferrer, Karl Heinz von Hassel, Erik Schumann, Hark Bohm, Rainer Werner Fassbinder y otros.


Las casualidades no existen. Dos canales de cable contiguos dieron sendas películas con el nazismo como eje temático: La cruz de hierro, de Sam Peckinpah -con sus coreográficas, deslumbrantes y estéticas masacres en cámara lenta que tanto le dieran al cine de John Woo, por ejemplo- y La vida secreta de Lili Marleen, de Fassbinder. Durante los primeros minutos dudé entre la presentación de una cantante mediocre en la alemania hitleriana de pre-guerra del cineasta alemán y el encadenado de furiosas imágenes documentales mixturadas con escenas de ficción que terminan en banderas coloreadas y un herido que es sacado a la rastra de una trinchera, producto de la muñeca del norteamericano. Como es evidente, terminé inclinándome por la primera.

No recuerdo haber visto antes a Fassbinder, pero siempre tuve el prejuicio, amparado por el apoyo de quienes que afirman haber visto Querelle como mínimo, de que se trataba de un autor dificil, oscuro, denso y febril como lo demuestran unos 40 largometrajes en 15 años de producción. Y fue gracias a ese prejuicio que La vida secreta de Lili Marleen me sorprendió. Fassbinder ha sido muy criticado por esta película. Trabajó con guionistas de una clara afiliación nazi, filmó la película alemana más cara de la historia hasta ese momento, hizo un show de cabaret que extendió por casi dos horas, afirmó con una escena (aquella en la que se tortura a Robert Mendelssohn, el pianista judío que interpreta Giannini, con el loop de un fragmento de la canción de su amada imposible, aria y protegida de III Reich) sus dichos sobre la música y la manipulación de las masas, filmó unas escenas de guerra impecables, montó una película de un ritmo intenso, con alma de culebrón y melodrama. Puso en escena una producción que bien podría haber sido un clásico hollywoodense de 3o años antes de su exposición. Mostró los entuertos del mecanismo de poder nazi, lo imprevisible -a medida que avanzaba la guerra y su final de derrota para los alemanes- y lo cruento que podía ser, lo kistch y lo desopilante, aún en medio de una de las máquinarias políticas de matar más implacables de la historia.

Lili Marleen es el personaje de una canción interpretada por una cantante desconocida a quien el mismo público -con base en los soldados del ejército cuyas batallas tenían una tregua de 3 minutos para escucharla por la radio- la bautiza con el nombre del personaje femenino que se despide de su novio soldado en la puerta deun cuartel. Como el monstruo que le roba a Frankenstein su apellido, la cantante se apodera de lo que por derecho propio le corresponde: Lili Marleen no hubiera sido nadie sin la voz de Willie ni el piano de Taschner. Y como buen monstruo, algo opera desfasado: ella es la única que tiene en claro que sólo interpreta una canción que adoran millones de radioescuchas. Si en nazismo es puramente circunstancial para ella, si su apogeo artístico es bajo el régimen que exterminó a quienes pertenecían a la misma colectividad que su amado Robert, si su contacto con las altas esferas de los genocidas no hace mella en su modo de ser, es porque Lili Marleen es el prototipo de la ceguera de quien no quiere ver. ¿Que suena a historia incómoda y conocida para los argentinos? Sí, y es en ese preciso resquicio de la incomodidad en el que el film de Fassbinder se funda y se erige como una película que atrapa, cuestiona, disfraza, mezcla y da de nuevo.

lunes

(Cuando ruge la) Marabunta

The naked jungle
1954
EE.UU.
Dirigida por Byron Haskin
Con Charlton Heston, Eleanor Parker, Abraham Sofaer, William Conrad y otros.


En mis años de infancia, esta película me resultaba particularmente perturbadora. La sola idea de miles de millones de hormigas asesinas destrozando toda forma de vida, me quitaba el sueño. Sin emabrgo, contrario a esquivarla, era una de mis favoritas y celebraba su repetición. Probablemente, la amenaza de que las hormigas me picarían las manos si las tenía llenas de dulce influyó en dejar en mi memoria la visión de los miles de millones de insectos himenópteros arrasando la selva. Imparables, yendo a por más destrucción y, a su paso, la plantación de cacao de Charlton Heston. Y ahí se desarrollaba otra historia. Tan voraz, tan arrolladora como la mismísima marabunta. ¿Por qué una mujer tan hermosa y fina como Eleanor Parker accedió a viajar a una intratable selva sudamericana para casarse con un hombre al que nunca había visto? Esta es la pregunta del hosco y rudo Heston. (Cuando ruge la) Marabunta alude al rumor, a lo que anticipa la destrucción (y los paréntesis a que siempre la recordé por la última palabra del título). ¿Qué choque sería el más estrepitoso? ¿El de Parker con Heston? ¿El de Heston con la marabunta? ¿Cuál fuego sería más intenso? La pasión, irracional como miles de millones de hormigas que devastan sin más. Es. No hay preguntas al respecto: las hormigas o el resto del mundo; el encuentro de Heston con Parker o el resto del mundo. Y es en una palabra donde ambas disyuntivas se resuelven: aventura.

jueves

El último rey de Escocia

The Last King of Scotland
2006
Reino Unido
Dirigida por Kevin Mcdonald
Con Forest Whitaker, James McAvoy, Kerry Washington, Gillian Anderson y otros.


Si algo totalmente ajeno a mí, durante mi temprana adolescencia, metía miedo en la sangre era saber que en el mundo vivía Idi Amin Dada. Forest Withaker es el inmenso actor -en el más amplio sentido del término- que se carga sobre la espalda la responsabilidad de encarnar, sin excesos ni macchieta, al responsable del exterminio de 300.000 ugandeses entre otras tantas cosas. El último rey de Escocia es la narración del comienzo de la acumulación de poder en manos de Idi Amin vista desde los ojos extranjeros y británicos del Dr. Garrigan quien, gracias a un cruce casual con el presidente africano en una muy tensa situación, se convierte en su médico personal y principal consejero y confesor. La película describe un trayecto en el tiempo en la cual la crueldad y la paranoia; la reflexión y el cariño; el exterminio y la propaganda se desarrollan en un espiral incesante. Más metafóricamente, el médico británico representa a Inglaterra, cuyo estado apoyó el asalto al poder de Idi Amin: a medida que transcurre el tiempo el protegido se va revelando como un tirano despiadado, como si su carácter y su esencia fueran apareciendo de a poco, acentuándose cada vez más. Inglaterra se desencantó del presidente de facto ugandés, como el médico con su paciente, el confesor con su protegido.

El último rey de Escocia es una película inteligente, dura, despiadada, compasiva. El factor Withaker, en su monumental su actuación, va dejando a nuestra vista el monstruo escondido tras la máscara de un hombre que llega al poder con el apoyo de la inmensa mayoría de su pueblo; un hombre aclamado y venerado. Y luego defenestrado y humillado como cualquier tirano caído en desgracia. Pero no se agota ahí el interés de esta película. Propone una perspectiva más íntima e intimista del dictador ugandés y expone un amplio horizonte de matices: un hombre cruel no es cruel a tiempo completo; lo que da lugar a presenciar las debilidades de quien siempre es visto como férreo, y lo extremada y sorprendentemente férreo puede ser quien ha dado muestra de su debilidad que, imaginario popular, es un equivalente a los dones de la humanidad. Pero atentos: El último rey de Escocia también es un oportuno "recordatorio" del status quo de Occidente sobre lo despiadado que puede llegar a ser un musulmán en el poder.

martes

Más extraño que la ficción

Stranger Than Fiction
2006
EE. UU.
Dirigida por Marc Forster
Con Will Ferrell, Queen Latifah, Maggie Gyllenhaal, Emma Thompson, Dustin Hoffman y otros.


Yo te avisé: es imposible hablar de esta película sin hacer referencia a su final.

Harold Crick se presenta al espectador como un mamushka narrativa: es un personaje que, a su vez, es el personaje central de una novela que, maravillas de lo inexplicable, vive (por llamar de algún modo a su hiperarmada y repetitiva rutina) en la misma ciudad que la escritora que lo creó: la ficción toma consistencia al punto de ser cuerpo. El personaje escucha una voz femenina en su interior, voz que lo narra y que le resulta tan natural como ajena; una voz que toma forma a partir de un reportaje televisivo en el que la mentada escritora cuenta algo sobre sí y su literatura: su principal gancho de ventas consiste en matar, sin excepción, a los personajes que crea. Es entonces cuando la película se arma y, con una sutil inteligencia, un fino humor y un guión sólido, construye la búsqueda que el personaje hace de su creadora. Una versión simpática, confortable y aggiornada a las particularidades de la vida moderna de la búsqueda frankensteiniana del creador, tan profunda como la novela de Mary Shelley por debajo de su pátina de comedia.

Harold Crick no se contenta con encontrar a la escritora: quiere influir sobre ella, hacer que cambie de decisión. Y es tal la conmoción que lleva consigo el descubrimiento de ser personaje y ser mortal a voluntad de un otro (a quien ni siquiera podría castigarse como asesino, ya que desde la perspectiva del narrador todo ocurre en el campo ficcional) que esa aburrida y rutinaria forma de ser a través del tiempo, se ve trocada, amor incluido. El encuentro entre el personaje y su creadora deja al descubierto que ese hombre que atraviesa la puerta es idéntico al imaginado y que su destino trágico está en manos de esa mujer que se sobresalta al verlo y reconocerlo. El absurdo planteado así necesita una explicación lógica: el personaje lee la novela que protagoniza y encuentra su vida en palabras y entiende, finalmente, la necesariedad de su muerte; el fin -indeseado- neceario para cumplir con una obra de bien; un acto fuera de control, un hacer sin pensar no instintivo; un deber. Sin embargo, en las últimas secuencias, Más extraño que la ficción gira hacia un happy end típico y tranquilizador, en el cual la escritora sacrifica la fórmula de su éxito y que hace que el conjunto narrativo comandado por Marc Forster pierda su potencia cuestionadora. Y la película pierde la precisión en el último tiro: ese incómodo y necesario fin de un héroe, el que lo erige en tal: toma lo que se espera ya no de la escritora de la ficción sino del director de la realidad hollywoodense y de su industria que debe acompañar, con tretas y cambios forzados, la supuesta felicidad que los guardianes del norte necesitan transmitir como sociedad.

Los Simpson

The Simpsons Movie
2007
EE.UU.
Dirigida por David Silverman
Con Dan Castellaneta, Julie Kavner, Nancy Cartwright, Yeardley Smith, Harry Shearer y otros.


Una de las películas más esperadas. Adjetivo que debe ser leído en el más amplio sentido. Porque no sólo responde al fenónemo comercial de los 18 años ininterrumpidos de la serie en la tevé y, por ende, al salto a la pantalla grande, a la liga mayor, a ese lenguaje visual que es considerado el séptimo arte, mote al que no accede la televisión; sino que precisamente lo que hace el espectador potencial es esperar más de lo mismo: una sopresa dentro de una lógica descalabrada, un humor ácido que siga en la huella de lo ya transitado. La película de Los Simpson cumple ampliamente con esas expectativas aunque sin introducir ninguna novedad respecto de lo que es posible ver en la maravilla catódica.

Con la eficacia de costumbre, la ineptitud de Homero y sus acostombradas trapisondas, sumadas a la adopción de un cerdo como mascota, ponen a Springfield al borde del colapso ecológico y desata la hecatombe. Ese es el marco, esa ciudad típica de típicos habitantes que, sin embargo, se ve envuelta en algo rayano a la más alocada ciencia ficción pero siempre incisivos con la realidad. Los puntos más altos son aquellos en los que esa realidad lisa y llana aparece trastocada por la influencia mágica de los personajes amarillos, llegando a convertir en un código de pertenencia la irreverente aliteración de la canción del Hombre Araña ("Puerco araña, puerco araña...") y el futuro cambio del porcino en cuestión a un look Harry Potter, es decir, golpes no tan fuertes como molestos para las sagas fílmicas de los competridores directos al momento de su estreno. En síntesis: quien disfruta de los 20 minutos diarios de los amarillos sprigfieldianos, se dará una tremenda panzada de una hora y media ininterrumpida.

Esplendor americano

American splendor
2003
EE.UU.
Dirigida por Shari Springer Berman y Robert Pulcini
Con Paul Giamatti, Hope Davis, James Urbaniak, Judah Friedlander y otros.


Imperdible: Harvey Pekar es uno de los personajes de ficción más interesantes -y desfachatado, grosero, nihilista, impresentable- que haya dado el cine norteamericano de los últimos años. Y, paradójicamente, se debe a que se basa en la vida del Harvey Pekar de carne y hueso. Más precisamente, gracias a que éste último logró un éxito editorial -fuera de sus planes iniciales- trasladando al cómic cada detalle de su degradada/degradante vida; su penar por ser un fracasado, un guiñapo relegado a ser empleado en un archivo en un hospital. Sujeto que se rebela y se juega una carta delirante e impensada: ser un personaje. El Pekar de tinta vio la luz gracias a la apuesta y al dibujo del grandioso Robert Crumb, el más destacado -y arriesgado, fóbico, mujeriego, conservador amante del jazz- historietista yanqui de nuestro tiempo.

Pariente ideológico temprano de los realities más patéticos, Esplendor americano toma el cinismo del nombre con el que Harvey Pekar bautizó la construcción pública de su vida privada y lo pone en escena, construyendo el relato sobre una estructura interesante e inteligente, que se da el lujo de incluir al Pekar dibujado, con el actuado, con el de carne y hueso. Con tanta efectividad que no puede hablarse de un género ambiguo (entre el documental y el realismo sucio de una teatral non fiction) sino de un relato que enriquece su entramado con un adecuado uso de distintos registros narrativos, lo que en este caso se traduce -de modo directo- en distintos registros estéticos. Y no sólo de Pekar vive ese irónico resplandecer: su última mujer y su compañero de trabajo y amigo nerd, son el complemento ideal; el paradigma de la incorrección y el desagrado; la llaga ardiente provocada por el american way of life.

Venus

Venus
2006
Reino Unido
Dirigida por Roger Michell
Con Peter O'Toole, Leslie Phillips, Jodie Whittaker, Vanessa Redgrave y otros


Venus tiene un gran valor por sobre muchos otros filmes: es una película que, sin conceder nada, narra lo que quiere narrar. A priori, espectadores embebidos en el narrar fácilmente digerible de Hollywood, se tiende a ubicarla en una línea argumental de las otras películas protagonizadas por ancianos: el desarrollo de una historia de un viejito piola; como si el personaje de Peter O'Toole fuese el primo actor del Clint Eastwood de Jinetes del espacio. Pero, para beneplácito y sorpresa del espectador, la esencia europea aparece y la película se corre de ese lugar y deja paso a una pincelada a la vez más fina (delicada) y más amplia. Incluso, la aparición de la jovencita hace que uno tienda a adivinar un rastro de la Lolita de Vladimir Nabovok. Y otra vez, rápida y sencillamente, se escabulle de la etiqueta: la jovencita no es ni hermosa, ni educada, ni una mujer brillante en potencia, ni una bomba sexual en proceso de maduración. Es una chica del montón con una misión preclara a la hora de elegir qué hacer: holgazanear frente a la televisión mientras masca chicle y espera que la sociedad le dé su oportunidad (se la ofrezca/la descubra), la que discursivamente el capitalismo tiene para cada quien. Así las cosas, uno se rinde a la evidencia y se deja llevar por una narración sólida, sin estridencias ni golpes bajos; efectiva y no efectista: el retrato de un hombre en los tramos finales de su vida. Si algo seduce a ese personaje, si aún a riesgo de perder las esperanzas con la jovencita, juega con fuego, miente, olvida, confunde, es porque Venus es un relato de la intimidad de un hombre, con lo acotado que puede parecer y lo complejo que en realidad es.

Es muy importante, en la lectura global, el papel que cada uno de los roles secundarios: son la escenografía y el mecanismo que la mueve; el ribete, el detalle que hace un relato sólido, creíble, admirable y adorable incluso en la decrepitud que por momentos evidencia, el deus ex machina. El cuadro de esta película imperdible se completa con las magníficas actuaciones de O'Toole, Leslie Phillips, Jodie Whittaker y la Redgrave; la muñeca sensible y transparente (en tanto lo que se ve es la cámara en favor de la narración) de Roger Michell; y la precisión narrativa del guión de Hanif Kureishi. Si fuera necesario resumirla en un concepto, probablemente ése sería representado por la palabra dignidad.

lunes

Tráiganme la cabeza de Alfredo García

Bring me the head of Alfredo Garcia
1974
E.E.U.U.
Dirigida por Sam Peckinpah
Con Warren Oates, Isela Vega, Robert Webber, Kris Kristofferson y otros.


La primera vez que leí sobre Sam Peckinpah fue en un parodia de la revista MAD. Allí hablaban de un supuesto film, ilustrado con un vaquero un tanto pobretón saltando por el aire, cosido a tiros. Hablaban de una gran cantidad de muertos. Hablaban de la sana costumbre de un cine que sorprende por su alto contenido erótico y por su violencia descarnada, por las muertes ampulosas y a raudales. Si bien Tráiganme la cabeza de Alfredo García no tiene una gran cantidad de muertes coreográficas no decepciona en lo más mínimo: Alfredo García es un hombre muerto cuya cabeza pide un potentado como precio por ser el responsable del embarazo de su hija. Es la suma de esa morbosa torsión narrativa de trocar muchos muertos por la incorrectísima profanación de la tumba de un hombre; con la mafia rural; con el pianista en bancarrota y borracho con su amante puta que va en busca de la salvación en un trozo de carne muerta, ajena y en descomposición; con un final que termina de abrochar la angustia y la pobreza con la muerte, lo que hace de esta película una de las más perfectas combinaciones de road movie con film noir; amalgamado con un erotismo duro y una estética de spaghetti western. Eso sin contar destrezas narrativas de una sutiliza que el más refinado paladar del séptimo arte, sin dudas, envidiaría.

domingo

El increíble hombre menguante

The incredible shrinking man
1957
E.E.U.U.
Dirigida por Jack Arnold
Con Grant Williams, Randy Stuart, el gato, la araña y otros.


Un hombre expuesto a una nube radiactiva comienza a perder su tamaño paulatina e inevitablemente. No tiene otras consecuencias fpisicas que la de ir perdiéndose de la vista de su esposa al paso de los días. El problema lo tiene con el mundo: el gato que era su mascota ya no lo reconoce y lo quiere como almuerzo; los elementos cotidianos empiezan a tener otra función que la que tenían (la cama hecha con una caja de fósforos); el mundo que se agranda, en definitiva, y agudiza el problema de la supervivencia. El increíble hombre menguante es, de un modo metafórico, un retorno a lo primitivo. Esa es la línea argumental de esta película basada en la novela casi homónima de Richard Matheson, quien también toca la soledad del hombre distinto, del ser extraordinario en Soy leyenda, esa fabulosa novela de un hombre en un mundo infestado de vampiros. Esta película es, desde el punto de vista cinematográfico, un dechado de virtudes para su época, quizás comparable a cualquiera de las grandes producciones actuales en cuanto al alto grado de avance de efectos visuales que incorporó a fines de los años '50. Esa potencia visual acompaña a la perfección a una historia en la que se resume la idea de un hombre nuevo, hecho en base al cambio constante, adaptándose, reinventándose ante los nuevos peligros. Una metáfora de este mundo globalizado, de esta sociedad occidental en la que uno de los mejores y más afinados métodos de control es el miedo, al punto de favorecerse con hacer aparecer como enemigo al simpático viejito del departamento de al lado.

martes

Una cuestion de honor

Flags of Our Fathers
2006
E.E.U.U.
Dirigida por Clint Eastwood
Con Ryan Phillippe, Jesse Bradford, Adam Beach, John Benjamin Hickey, John Slattery y otros.


Desde hace algunos años, Clint Eastwood nos pone en un aprieto: todo aquel que se precie de políticamente progresista jamás podrá comulgar ideológicamente con este gran actor y director a quien admira, nada menos que por su obra, y de quien espera, con ansias, su siguiente film. Como el incómodo Maradona que puede ser amigo de Fidel Castro (quien nos cae muy simpático) y del Carlos Saúl (de quien abominamos). Una cuestión de honor es un eslabón más en la cadena de incorrecciones políticas que, casi paradójicamente, nos brinda el camarada ideológico de los Reagan y los Bush. El lado americano de la batalla de Iwo Jima no es sino una demostración de cómo el mercado puede volcar el resultado de una guerra. Lo que Eastwood no deja de hacer es apuntar al centro de un sueño americano que puede terminar con una fulminante parálisis producto de un golpe inesperado y una eutanasia tan prohibida como el pecado original, como en Million Dollar Baby; o en el desliz de la celebración patriótica del levantamiento de una bandera sustituta en lo alto de una colina de una isla japonesa. Pone en tela de juicio el patriotismo exagerado y exasperante que produce un espectáculo que consagra a los fotografiados y que luego les suelta la mano convirtiendo el brillo en algo de su pasado, no pudiendo evitar las pesadillas, no pudiendo borrar el dolor. Todo el mecanismo del sentimiento de los hijos de la Doctrina Monroe está puesto al descubierto, todo el cartón pintado, la falsedad, el desamparo. En definitiva, Eastwood vuelve a rasgar la cortina de la gran felicidad norteamericana. Quizás el error es creer que por eso debería ser un militante revolucionario.

lunes

Nacho Libre

Nacho Libre
E.E.U.U.
2006
Dirigida por Jared Hess
Con Jack Black, Ana de la Reguera, Héctor Ramírez y otros.

Jack Black es uno de esos comediantes que necesitan muy poco para hacerme reir mucho. Desde que lo descubrí en Alta fidelidad que veo, bastante consecuentemente, las películas en las que el abultado actor compone a los más diversos personajes. En este caso, un cura que trabaja en un convento-orfanato y que tiene la responsabilidad de cocinar las comidas que los pequeños degustan, por llamarlo de algún modo, día a día. Como en Escuela de Rock, el motor de la cosa está en la relación del personaje de Black con niños. Es, también en esta oportunidad, uno de esos personajes entrañables, indudablemente tomados por la infancia y que es tan capaz de creer en dios como de comer huevos de águila para obtener lo que la naturaleza no le dio para ser campeón de lucha libre. Jack Black no puede componer a un cura con todas las de la ley porque, precisamente, se ubica a un margen de ésta para usar el ridículo, el absurdo, incluso el exceso para provocar la risa. Usa con acertada precisión la caricatura de los luchadores y de las películas de luchadores. Una mezcla minuciosa entre el cine bizarro, la macchietta y el clasicismo de la comedia. Impecable Héctor Ramírez en la composición de Esqueleto, el chillón secuaz de Nacho. Independientemente de que llega a una extensión de 92 minutos gracias al innecesario relleno que deteriora muchas películas, está muy bien sentarse a verla en uno de esos días en que se torna necesaria una puerta por la cual dejar entrar la distracción. Llevada al extremo de su propias posibilidades convierte una iluminación moralizante (la fuerza del águila, Dios bendiciendo al que lucha por una causa justa, en la batalla final) en una imposición a la espera del zarpazo: Nacho mira a su amada monjita mordiéndose el labio. Definitivamente incorregible.

martes

Pequeña Miss Sunshine

Little Miss Sunshine
E.E.U.U.
2006
Dirigida por Jonathan Dayton y Valerie Faris
Con Abigail Breslin, Greg Kinnear, Paul Dano, Alan Arkin, Toni Collette y otros.

Un viejo amigo al que identificaré con el nombre de El Bolche, me dijo una vez que El Sistema se las arregla para aceptar algunos cuestionamientos, hacerlos propios y, de ese modo, inocularse contra cualquier modo de revolución: según él, así es como existen las Mercedes Sosa y los Víctor Heredia en los medios masivos de comunicación) . En esta perspectiva Pequeña Miss Sunshine puede leerse una vacuna contra las críticas al american way of life y los self made men/women con los que nos atormenta el supuesto bienvivir del capitalismo salvaje, cuyo excipiente no es el agua destilada sino un feroz humor negro. Fuera de todo registro de lo convencional, no llega a subvertir valores pero sí a cuestionarlos profundamente con la inclusión de un particular happy end: la burla llega tan lejos como puede.


Las cosas están claras desde el principio: el padre de Olive explicando su método para acceder al éxito a un público universitario, desganado y sin interés en lo que escucha, recuerda el trazo patético de Smoochy (Maten a Smoochy, Danny De Vito, 2002) cantándole a drogadictos sin remedio antes de ser famoso. Sin embargo, ese movimiento parabólico del ser un don nadie a triunfar (al menos a lo que el mercado entiende como éxito) no sucede en esta ácida y deliciosa comedia que, a este humilde escriba, le arrancó carcajadas y lágrimas de risa. Y en su camino (no deja de ser una road movie) no deja títere con cabeza, comenzando por la simpática, querible y poco bella Olive. En el resto de los personajes se resume un mundo al cual se le ven las rajaduras en una supuesta posibilidad de ser feliz. Un tío suicida y gay, puesto al borde de la muerte por el despecho amoroso de un joven; un abuelo que subvierte toda lógica de corrección política; una madre ama de casa desencantada que apuesta a que su hija triunfe en el mundo de la belleza; el hermano que hace un voto de silencio hasta que se confirme su futuro como aviador. Todos detras de un objetivo: la coronación en un concurso de belleza de la panzoncita Olive. Y como todo está claro desde el principio, no soprende ver a la rolliza protagonista, vestida al peor estilo Moria Casán haciendo de Rita Turdero, la pantera de Mataderos, entrmezclada con un grupo de niñas maquilladas, émulas de las divas de las pasarelas de Nueva York, Milán, París y demases capitales de la moda. No sorprende la cara de asco con que es mirada. No soprende que las otras niñas ya no lo sean. Sin embargo, es la propia Olive la que, niña y todo, compite con el set más adulto, emulando a una stripper. Una joyita la elipse que es la pequeña en una habitación de hotel, junto a su abuelo, gruñendo y arañando el aire, 20 minutos antes de ese final en el que aparece bailando como una tigresa.


Quizás El Bolche tenga razón. Quizás este sea un modo imperialista de diluir las críticas, de hacerlas menos incisivas. Para quienes nos sentamos a ver la película, nos queda el agradecimiento al Sistema por dejar colar inteligencia y humor, dos de los recursos necesarios para cualquier forma de subversión.

lunes

Sophie Scholl - Los últimos 7 días

Sophie Scholl - Die letzten Tage
Alemania
2005
Dirigida por Marc Rothemund
Con Julia Jentsch, Fabian Hinrichs, Gerald Alexander Held, Johanna Gastdorf y otros.

Advertencia: estas palabras contienen el final de la película. Gracias que te avisé...

Cuando era un niño, me la pasé viendo películas sobre la Segunda Guerra Mundial. Incluso, una de las primeras películas que vi en un cine de Capital fue La Batalla de Midway (Jack Smight, 1976), filme que presentaba la novedad del sensurround que yo me había perdido por no llegar a los 13 años de edad mínima requerida al momento del estreno de Terremoto (Mark Robson, 1974). Me detengo un instante en estas dos últimas, asombrado por una revelación que quizás envuelva a la mismísma concepción de esta opinión sobre Sophie Scholl: los elencos de ambas películas estaban encabezados por Charlton Heston. Y era un héroe. Quería tener su peinado en la piel de Marco Antonio, quería manejar carros romanos con la destreza que él lo hacía en Ben-Hur (William Wyler, 1959), quería ser yo quien escapase del horror animal del que huyó en El planeta de los Simios (Franklin Schaffner, 1968). La vida me hizo un poco más bolchevique y un día llegó Michael Moore y me trajo a aquel héroe convertido en un abominable fascista. Y me decepcioné...

Lo mismo me pasó con esta película. La primer decepción fue su género. Mi amada me había dicho comedia, así que cuando ví la esvástica me hice la pregunta más intelectual que pude: "¿De cuál estará más cerca? ¿De Ser o No Ser (Ernst Lubitsch, 1942) o de La vida es bella (Roberto Benigni, 1997)?". Pero la caja del DVD insistía en que era un drama. La segunda decepción fue al leer el subtítulo de la película: "Los últimos 7 días". Si bien ya no esperaba ver otra cosa que a Sophie ajusticiada, tampoco tenían por qué romperme la ilusión de un posible final hollywoodense donde los nazis son abatidos en el momento en que están por degollar a la heroína. Pero no quería perder por desasosiego y si muchas críticas habían sido buenas, entonces nada mejor que prepararme para ver un drama alemán sobre los nazis. Y llegó la tercera decepción: no iba a ver el par cinematográfico de la novela El lector (Bernhard Schlink, 2003). Sólo un dramón con ínfulas de película política, la canonización de una mártir que nadie conoce, una heredera pobre del spielberguiano Schindler. Sophie Scholl tiene todas las características de un personaje políticamente correcto contemporáneo: es solidaria, valiente, un poco inconsciente, astuta, un touch ingenua y, por sobre todas las cosas, es mujer. Otra hubiera sido la historia contada desde su hermano. Una más del montón de historias que uno se puede imaginar en la Alemania nazi. Una un poco menos edulcorada, más comprometida, menos panfletaria del buen pensar: ese mecanismo moderno de inventar santos para hacer evidente al demonio.

jueves

La puerta verde

La chambre verte
1978
Francia
Dirigida por François Truffaut
Con François Truffaut, Nathalie Baye, Jean Dasté, Patrick Maléon y otros


Hacía tiempo que no veía una peli de Truffaut. Creo que las últimas fue la saga de ese personaje que filmó a lo largo de los años: Antoine Doinel. Si bien no fue una de las que más me gustó (lejos de la fascinación que me produjo Farenheit 951; fuera del orden de la maestría soberbia de Los 400 golpes; sin el encanto romántico de La mujer de la próxima puerta; sin la excitación de mi debut con Confidencialmente tuya: ahhh, Fanny Ardant...), puedo decir que, en ráfagas, quedé admirado por la efectividad del relato. A mi modesto entender, la mejor de las escenas es aquella en que George, el pequeño mudo del cual se desconoce su origen y filiación con el protagonista Julien Davenne, baja en silencio por las escaleras en busca de remediar el hambre al que fue sometido luego de romper unas placas de vidrio, antecesoras de las diapositivas: un juego con espejos que gira el eje del ojo sin mover la cámara. Si uno compraba (ahora baja de la red) un disco por un tema, bien puede ver esta película por esa escena. La puerta verde tiene el extraño sabor a cierta infatuación en sus actuaciones y el aire a intríngulis psicológico alla Hitchcok, y ese ritmo tan afrancesado que hacía que mi abuela espetara: "No miro películas francesas porque son muy lentas".